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Nº: 222   Abril  2014


Rechazo del FMI y austeridad, el cóctel explosivo del primer ministro Viktor Orbán

 

El nacional-conservadurismo se afianza en la sociedad húngara

 

Corentin Léotard  

Periodista.

País:  Hungría, Europa
Tema:  Empresa, Economía, Extrema derecha, Finanzas, Nacionalismos, Partido político, Política, Unión Europea, Fondo Monetario Internacional, Autoritarismo

 

Plantando cara al Fondo Monetario Internacional y a grupos privados extranjeros, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, afianza una amplia popularidad de cara a las elecciones del 6 de abril. Sus posiciones nacionalistas se muestran compatibles con las de una extrema derecha islamófila. Su inconformismo económico mezclado con un conservadurismo social resulta útil a toda una nueva generación de empresarios cercanos al poder.

 

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El primer ministro Viktor Orbán, escoltado por soldados, movilizó a miles de simpatizantes con ocasión del aniversario del levantamiento de 1956 contra el Ejército Rojo, el 23 de octubre pasado en la plaza de los Héroes de Budapest: “El combate de los húngaros por la libertad tuvo sus héroes, pero también sus traidores. Todas nuestras guerras de independencia fueron desarticuladas desde el extranjero. Sabemos que siempre hubo personas que ayudaron a nuestros enemigos. (…) Los comunistas vendieron Hungría y el pueblo húngaro a los financieros y especuladores internacionales. Sabemos que todavía están dispuestos a vender Hungría a los colonizadores. (…) Vemos que se organizan de nuevo, que se unen de nuevo a los extranjeros contra nosotros, que siembran de nuevo la semilla del odio, de la discordia y de la violencia. (…) Debemos poner nuestras tropas en pie de guerra, como lo hicimos en 2010. Vamos a terminar lo que empezamos en 1956. Si no nos liberamos, no seremos jamás libres”.


El jefe del Fidesz-Unión Cívica Húngara, llegado al poder en 2010 (1), llama enemigos tanto a las izquierdas liberales húngaras y europeas como a las multinacionales. El Gobierno esgrime como prueba el informe Tavares, adoptado por el Parlamento Europeo en julio de 2013, que denuncia el debilitamiento del Estado de derecho en el país. Para el Fidesz, se trata de un pretexto para atentar contra la soberanía de Hungría, instigado por los lobbies financieros de Bruselas y por el Partido Socialista Húngaro, el heredero del antiguo Partido Comunista (Partido Socialista Obrero Húngaro), y que se inclinó marcadamente hacia el liberalismo.

En una resolución adoptada la misma semana, los diputados consideran “inaceptable” que el Parlamento Europeo “trate de hacer presión sobre nuestro país en interés de las grandes empresas privadas”. La resolución precisa que, con el objetivo de reducir el precio de la energía para las familias, Hungría debe ir necesariamente en contra de los intereses y beneficios excesivos de muchas de las grandes sociedades europeas en situación de monopolio.

El primer ministro suma enemigos. Partidario de la primacía de la política sobre la economía, y del Estado sobre los mercados, dotado de una concepción autoritaria del poder, tomó una serie de medidas económicas no ortodoxas: aplicación de impuestos excepcionales a sectores enteros de la economía controlados por multinacionales (energía, bancos, comunicación, distribución), nacionalización de los fondos de pensión privados por un valor de 10.000 millones de euros, prohibición de facto de préstamos en divisas, reducción de la independencia del Banco Central, todo lo cual son sacrilegios para la Unión Europea.

En su discurso a la nación del pasado 16 de febrero, Orbán afirmaba: “Cuando asumimos el poder, la guerra entre las multinacionales y los consumidores, entre los bancos y sus deudores en divisas extranjeras, entre los monopolios y las familias estaba en su apogeo. Perdíamos en todos los frentes. La relación de fuerzas ha cambiado mucho desde entonces; hemos ganado varios asaltos, pero el combate no ha terminado”.

En el transcurso de este último año de mandato, dos luchas prioritarias se inscribieron en la agenda política: contra los bancos y contra las empresas de energía. El Estado, empobrecido como consecuencia de las privatizaciones de los años 1990, trata de intervenir en estos dos sectores que, en un 80% aproximadamente, se encuentran en manos de filiales de sociedades del oeste europeo. Desde principios del año 2013, el Gobierno impuso a los gigantes de la energía –la alemana E.ON, la italiana Ente Nazionale Idrocarburi (ENI), Electricité de France (EDF), GDF-Suez, etc.– una rebaja del 20% en los precios del gas, de la electricidad y de la calefacción urbana para los hogares. Queda clara su voluntad de crear un sector sin ánimo de lucro bajo el control del Estado y el deseo incluso de preparar un soporte jurídico para su nacionalización después de las elecciones del 6 de abril. Finalmente, este Gobierno trata también de hacer pagar a los bancos las consecuencias del endeudamiento en francos suizos de cientos de miles de familias que suscribieron “préstamos basura” a mediados de los años 2000.

Sin embargo, lo que mejor ilustra su voluntad de independencia nacional es la mano férrea con el Fondo Monetario Internacional (FMI). En 2010, el primer ministro rechazó los últimos segmentos de un conjunto de préstamos de 20.000 millones de euros contratados en octubre de 2008 con el FMI, el Banco Mundial y la Unión Europea. Al cabo de largos meses de negociaciones, a finales de 2012 declinó una segunda oferta. Se desplegó una retórica soberanista en todo el país por medio de una vasta campaña, con carteles por todas partes: “¡No a la bajada de las prestaciones familiares! ¡No a la disminución de las pensiones! ¡No cederemos frente al FMI! ¡No renunciaremos a la independencia de Hungría!” Lo que no impidió que el Gobierno continuase con una política de austeridad por medio de la rebaja de otras prestaciones sociales o por recortes presupuestarios en los sectores de la salud y de la educación.

Sus adversarios comparan a Orbán, a veces, con el difunto presidente venezolano Hugo Chávez, por su antiliberalismo unido a un “clientelismo populista”; otras, con Vladímir Putin, por su autoritarismo; y, por momentos, con el extinto dirigente comunista rumano Nicolae Ceausescu, por el culto a la personalidad. Más razonablemente, el economista Zoltán Pogatsa ve en el modelo de desarrollo que promueve una “combinación de ‘gaullismo’ y de ‘reaganismo”.

Sus medidas económicas no están destinadas a financiar lo que queda del Estado social: el primer ministro proclama la salida del “callejón que representa el modelo occidental europeo de Estado-providencia” a favor de una sociedad fundada sobre el trabajo. Así, el Parlamento votó en julio de 2012 una ley que obliga a los beneficiarios de una ayuda social a trabajos de utilidad pública. Esta política apunta ante todo a pagar a los acreedores (FMI, Unión Europea y Banco Mundial), a llevar el déficit público por debajo del 3% del producto interior bruto (PIB), conforme a la doctrina europea, y a estabilizar la deuda en alrededor del 80% del PIB.

El impuesto progresivo sobre la renta fue remplazado por una tasa única del 16%. El ministro de Economía Mihály Varga se plantea incluso que llegue al 9% en 2015 (2). Los favores del Gobierno se dirigen sobre todo a las clases medias, mientras que la pobreza no para de ganar terreno: en una población total de diez millones de habitantes, el número de personas que viven bajo el umbral de pobreza (220 euros al mes) ha pasado de tres millones a principios de los años 2000 a cuatro millones en la actualidad, según la socióloga Zsuzsa Ferge.

Detrás de la fachada del interés nacional se vislumbran nuevas prebendas a favor de algunos fieles al Fidesz: Lajos Simicska, Zsolt Nyerges y algunos grandes empresarios obtienen los mercados públicos más jugosos. Una oligarquía ha remplazado a la otra. Se sostiene esta vez sobre un sistema clientelista que se propaga en todos los niveles de la sociedad a través del miedo y de la indiferencia. La socióloga Mária Vásárhelyi considera así que el “orbanismo” ha provocado el “renacimiento del Homo Kadaricus” (3), es decir, la reaparición de la conducta de sumisión que predominaba bajo el dirigente comunista János Kádár, primer secretario del Partido Socialista Obrero Húngaro de 1956 a 1988.

De acuerdo con el documental Guerra contra la nación, emitido en repetidas ocasiones en el canal público Duna Televizió, Hungría estaría prácticamente bajo estado de sitio. En el documental se pueden apreciar análisis serios sobre el deslizamiento de las riquezas nacionales desde el dominio público hacia la esfera privada internacional, mezclados con comentarios más oscurantistas sobre las ambiciones de las grandes potencias. Su realizador, István Jelenczki, explica que Guerra contra la nación fue concebido como reacción a la intervención del FMI en 2008: “Consideré que el préstamo del FMI terminaba prácticamente con nuestro tesoro nacional y que había llegado el momento de realizar una película que aclarara a los húngaros la guerra mantenida desde hace siglos por este tesoro” (4).

Endri Sik, sociólogo en el Instituto de Investigaciones Sociales Tárki, analiza este resentimiento: “La población considera que siempre ha estado colonizada y explotada: primero por los turcos, luego por los alemanes, por los rusos, y en la actualidad por la Unión Europea. En política, hay siempre una propensión a considerar a los extranjeros como los instigadores de una conspiración internacional. La opinión pública tiene tendencia a pensar en términos de complots. (…) Todo eso forma parte de un complejo general, y los judíos, los zíngaros o la Unión Europea son todos chivos expiatorios potenciales. Los políticos juegan alternativamente una u otra de estas cartas”, explica. Para el historiador estadounidense William M. Johnston, “la capacidad de soñar de los magiares ha hecho de ellos un pueblo de guardianes, siempre preparados para defender Hungría como una excepción entre las naciones” (5).

Aunque el primer ministro admite que ningún complot fue promovido contra él, afirma sin embargo haber frustrado un “golpe” gracias a la movilización de cientos de miles de personas a principios del año 2012. Esta “marcha de la paz” hizo converger hacia Budapest a sus partidarios llegados de todo el país, e incluso de algunas provincias del antiguo reino situadas hoy en Rumanía o en Eslovaquia, donde las minorías húngaras pudieron obtener pasaportes de su país de origen (6). “¡No seremos una colonia!” “Unión Europea = Unión Soviética”, entonaba la multitud para defender la nueva Constitución, que entró en vigor el 1 de enero de 2012. Las restricciones aportadas por el nuevo texto a los poderes del Tribunal Constitucional, a la autoridad de los jueces y a la independencia del Banco Central condujeron a la prensa extranjera a denunciar una corriente autoritaria, mientras que la Comisión Europea obtenía varias modificaciones al lanzar un proceso judicial por infracción del derecho europeo.

El rumor de una dimisión del primer ministro corrió en la prensa local e internacional. Este momento de fluctuación animó al jefe de la oposición socialista, Attila Mesterhazy, a afirmar que Orbán –elegido menos de dos años antes con la mayoría absoluta de los votos (52%)– debía abandonar su puesto. La tesis de una tentativa de desestabilización fue defendida en un libro que, cuando apareció, en el verano de 2012, contó durante varias semanas con una gran campaña de promoción, por medio de grandes carteles en los pasillos del metro. El título, ¿Quién ataca a Hungría y por qué? es explícito, al igual que la imagen de la portada: aviones de combate que sobrevuelan la cuenca de los Cárpatos, refugio del pueblo magiar (7). Según los autores, la tentativa de desestabilización habría sido conducida a la vez por diplomáticos y políticos húngaros y estadounidenses, por intelectuales de la izquierda liberal y por el FMI.

Incapaz de obstaculizar la revolución conservadora dirigida a toda marcha por el Fidesz desde su llegada al poder, la izquierda se volvió en repetidas ocasiones hacia Bruselas. Para el Gobierno, quedó demostrada su traición al ampararse en las columnas de la prensa extranjera. Según una división sociopolítica anticuada, el nacionalismo y hasta el patriotismo siguen siendo de dominio exclusivo de la derecha, mientras que la izquierda sería cosmopolita. “La izquierda trata de no parecer demasiado ‘internacionalista’, pero no lo consigue”, confiesa Sik.

El enemigo extranjero asume a menudo los rasgos de George Soros. El multimillonario y filántropo estadounidense, judío de origen húngaro, se ha vuelto el blanco preferido de la prensa progubernamental, y más aún para la de la extrema derecha. A finales de los años 1980, este apóstol de la “sociedad abierta” (8) contribuyó al surgimiento de movimientos democráticos, como la Federación de Jóvenes Demócratas (Fidesz), embrión del partido que está hoy en el poder. Tres personajes de primera plana, Orbán, László Kövér –actual presidente del Parlamento– e István Stumpf, miembro del Tribunal Constitucional, recibieron becas de estudios de su fundación. Ahora Soros apoya a sus adversarios. Su red, Open Society Foundations, mantiene numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG) locales, progresistas o liberales, que suministran informes críticos a los opositores de Orbán y contribuyen a forjar la imagen internacional de Hungría. El think tank estadounidense Center for American Progress, al cual Soros es afín, financia también la fundación Haza és Haladás (“Patria y Progreso”), plataforma de lanzamiento del candidato anti-Orbán, Gordon Bajnai. El semanario de centro derecha Héti Valasz estima que, en 2012, se pagaron 1,7 millones de euros a estos opositores.

Los detractores extranjeros del primer ministro fueron útiles a sus partidarios en el país. Con demasiada frecuencia, la prensa internacional denunció su política en bloque, sin preguntarse sobre lo que los húngaros habían rechazado masivamente al elegirlo: “La incompetencia, las querellas internas y la corrupción de los precedentes gobiernos socialistas”, como sintetiza el periodista austríaco de origen húngaro Paul Lendvai, quien, sin embargo, es poco simpatizante del Gobierno actual. Al devolverle a Hungría una imagen poco halagadora, la de un país periférico condenado al despotismo oriental y a la barbarie, las elites de Europa Occidental refuerzan sus complejos, su tendencia a la paranoia y al aislacionismo.

La frágil coalición socialista-liberal conducida por los ex primeros ministros Ferenc Gyurcsany y Gordon Bajnai no consigue hacer olvidar sus fracasos pasados, mientras que el pequeño Partido Ecologista (7,5% de los votos en 2010) rechaza toda alianza y se juega su supervivencia parlamentaria haciendo campaña contra la corrupción. En el otro extremo  del espectro, el partido de extrema derecha Jobbik (16,7% en 2010), sofocado por la retórica soberanista del Fidesz, no ha ganado más terreno desde su entrada en el Parlamento en 2010.

El recelo general respecto de Occidente se acrecentó aún más con la complacencia con la que algunos medios de comunicación occidentales saludaron la llegada a la escena política, a finales de 2012, de un rival de Orbán: el ex primer ministro tecnócrata Bajnai. Pues si los espectaculares resultados macroeconómicos obtenidos por este ex empresario durante su paso relámpago por el poder, de abril de 2009 a mayo de 2010, dejaron un excelente recuerdo en Bruselas y en Washington, en los bordes del Danubio la nostalgia no es tan intensa.

Es verdad que Bajnai redujo el déficit público y lo llevó al 4% del PIB en 2010, frente al 9% en 2006. Pero lo logró a costa de una cura de austeridad como no había conocido el país desde 1995: recortes en los gastos sociales, supresión de la paga extra para los jubilados y los empleados, congelación de los salarios en la función pública, retraso en la edad de acceso a la jubilación (de 62 a 65 años) y aumento del impuesto sobre el valor añadido (IVA), que pasó del 20% al 25% (en la actualidad, bajo el Gobierno de Orbán, ha alcanzado un 27%, convirtiéndose en  la tasa más elevada de Europa). El forinto [o florín, la moneda húngara] se fortaleció mucho; la gestión de la crisis se consideró admirable. Se contrastó con la de Grecia, rebelde e irresponsable: “Lecciones potenciales para Grecia en Hungría,”, titulaba el New York Times (9). La Unión Europea, el presidente estadounidense Barack Obama y el FMI felicitaron al joven empresario, que en ese momento no se consideraba un hombre político, puesto que, aseguraba, su gestión de la crisis había sido la única posible.

Así se abrió un camino que Orbán se apresuró en emprender, y que no está próximo a cerrarse, pues, cuatro años más tarde, parece como si los húngaros no tuvieran más elección que entre una gestión tecnocrática sometida a los intereses de las multinacionales y el repliegue nacionalista.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

(1) Véase G. M. Tamas, “Hungría, laboratorio de una nueva derecha”, Le Monde diplomatique en español, febrero de 2012.

(2) Figyelö, Budapest, 19 de diciembre de 2013.

(3) Elet Es Irodalom, Budapest, diciembre de 2013.

(4) Magyar Hírlap, Budapest, 3 de mayo de 2012.

(5) Citado por Paul Lendvai, Hungary: Between Democracy and Authoritarianism, Columbia University Press, Nueva York, 2012.

(6) Véase Laurent Geslin y Sébastien Gobert, “Viaje a los márgenes de Schengen”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2013.

(7) Zárug Péter Farkas, Lentner Csaba y Tóth Gy, László, Kik támadják Magyarországot és miért?, Kairosz Kiadó, Budapest, 2012.

(8) La red Open Society Foundations, creada por George Soros, debe su nombre a la obra de Karl Popper La sociedad abierta y sus enemigos, Ibérica, Barcelona, 2010 (1ª ed.: 1945).

(9) Judy Dempsey, “In Hungary, potential lessons for Greece”, The New York Times, 19 de febrero de 2010.