Venezuela, las razones del caos


“A pesar de tanta riqueza”

Venezuela, las razones del caos

En noviembre, manifestaciones populares e intentos de desestabilización intensificaron las convulsiones políticas que atraviesa Venezuela. No obstante, lo largo de los años 2000, los logros –sociales, geopolíticos y culturales– de la “revolución bolivariana” de Hugo Chávez provocaron el entusiasmo de los progresistas en otros países. ¿Cómo explicar la actual crisis que atraviesa ese país latinoamericano?

Por nuestro enviado especial Renaud Lambert

La memoria a veces es cruel. El 2 de febrero de 1999, en Caracas, un hombre de tez oscura pronuncia su primer discurso como presidente. Su nombre: Hugo Chávez. “Venezuela está herida en el corazón”, asesta citando a Francisco de Miranda, héroe de la independencia. Describe la crisis “ética y moral” que atraviesa entonces su país. Ese “cáncer” gangrena la economía, de manera que, según dice, “hemos comenzado a oír hablar de devaluación, de inflación”. Estas crisis económica y moral, “como un volcán que por debajo va madurando”, generaron una tercera: la crisis social. El ex militar realiza una promesa: “Esta transmisión de mando presidencial no es una transmisión de mando presidencial más. No, es la primera transmisión de mando de una época nueva; es el abrir la puerta a una nueva existencia nacional. (…) No podemos frenar el proceso de cambio y mucho menos desviarlo de cauce para que dé la vuelta sobre sí mismo y se hunda de nuevo”.

La memoria a veces es cruel, pero los venezolanos han aprendido a reírse de sus vejaciones. “Mira, esta soy yo hace un año –exclama Betsy Flores riéndose a carcajadas–. ¡Pesaba diez kilos más! Y la de esta foto es Marta. No la reconoces, ¿eh? A decir verdad, yo tampoco. Entonces tenía un buen trasero. ¡Ahora parece una tabla!”. ¿Cuántas veces hemos vivido esta escena? Casi todas las personas con las que nos encontramos, incluyendo a una ex ministra, confiesan que se contentan regularmente con una comida al día. Y cuando se sientan a la mesa, los festines siguen siendo escasos: cada uno se las arregla con lo que ha podido obtener en los almacenes con estanterías bastante vacías o en el mercado negro, cuyos precios se basan en la evolución del dólar paralelo. Entre el 11 de octubre y el 11 de noviembre, éste pasó de 1.230 a 1.880 bolívares, es decir, un aumento de más del 50%. Al igual que en 1999, “devaluación” e “inflación” forman parte del vocabulario cotidiano de los venezolanos, quienes realizan la misma constatación: su paga –incluyendo cuando sobrepasa el salario mínimo–, fijada en 27.000 bolívares al mes (1), “no es suficiente para sobrevivir”.

 


Hace diez años se percibía cierta agitación política en la calle. Allí se hablaba de la Constitución, de la disminución de la pobreza, de la participación popular. Y no sólo entre la izquierda. En 2016, ya sólo un tema está en la boca de la gente: la comida.

 


Hace diez años se percibía cierta agitación política en la calle. Allí se hablaba de la Constitución, de la disminución de la pobreza, de la participación popular. Y no sólo entre la izquierda. En 2016, ya sólo un tema está en la boca de la gente: la comida. La que han conseguido recolectar y, sobre todo, la que les falta o aquella cuyo precio se dispara. A mediados de noviembre de 2016, un kilo de arroz costaba 2.500 bolívares, lo que lo enviaba al ámbito de la inaccesibilidad, donde ya figuraban el pollo, la mantequilla, la leche, así como la harina necesaria para cocinar arepas, esas tortas de maíz blanco que les encantan a los venezolanos.

Hace diez años, en plena campaña presidencial, Chávez presentaba los progresos del sistema de sanidad como “uno de [sus] mayores logros” (2). Ningún adversario serio habría pensado en discutírselo. Hoy en día escasean los medicamentos en el país. No sólo las aspirinas y el paracetamol, sino también los antirretrovirales y las moléculas destinadas a las quimioterapias.

Hace diez años, tras otras decenas de programas sociales, nacía la “Misión Negra Hipólita”. ¿Su objetivo? Ayudar a los “sin techo” urbanos. Fue una de las primeras víctimas de la crisis. El espectáculo de personas que esperaban a que se sacara la basura por la noche se ha vuelto a convertir en algo familiar, a la vez que en las calles de Caracas están a la vista las mil y una caras de las penurias infantiles.

 


¿Cómo explicar que, a pesar de “tanta riqueza”, “el resultado sea tan negativo”?

 


Inflación, miseria y corrupción: las fuerza telúricas que describía Chávez durante su toma de funciones se han activado de nuevo; el volcán se ha despertado. Para la derecha, las cosas son simples: el socialismo fracasa siempre. En la izquierda, donde se había aprendido a ver a Venezuela como un faro en la noche neoliberal, la incomprensión lucha con la incredulidad. Y se impone una cuestión, la cual ya formulaba el dirigente bolivariano cuando esbozaba el balance de sus predecesores en 1999: ¿cómo explicar que, a pesar de “tanta riqueza”, “el resultado sea tan negativo”?

“Debido a la guerra económica que la oposición y sus aliados nos libran”, responde el presidente Nicolás Maduro, elegido en abril de 2013, un mes después del fallecimiento de Chávez. Los empresarios aprovechan la caída de la cotización del petróleo (que ha disminuido por debajo de los 40 dólares por barril de petróleo Brent en 2016 tras haber sobrepasado los 100 dólares entre 2011 y 2014) (3) para organizar la escasez, aventar las brasas de la cólera popular y preparar el derrocamiento del poder chavista. Con el pretexto de dar cuenta de ello, la página web Dolartoday (4), con sede en Miami, orquesta el rápido aumento del dólar paralelo. ¿Acaso no se muestran con claridad sus ambiciones políticas a través de una encuesta presentada en su “portada” desde hace varias semanas? “Si las elecciones presidenciales fueran hoy, ¿a quién elegirías como presidente?”. Entre las respuestas posibles: Henry Ramos Allup, Leopoldo López, Henrique Capriles Radonski, Henry Falcón y Lorenzo Mendoza Giménez, así como María Corina Machado. Todos ellos miembros de la oposición.

 


¿Basta para explicar el caos actual la hostilidad de aquellos a los que la “revolución bolivariana” quiere privar de privilegios?

 


Son innumerables los analistas cercanos al poder que, recordando el destino del presidente chileno Salvador Allende en 1973, defienden esta explicación de la situación, como si fuera cuestionada realmente en el campo progresista. Ahora bien, la cuestión que divide el chavismo es de otra naturaleza: ¿Basta para explicar el caos actual la hostilidad de aquellos a los que la “revolución bolivariana” quiere privar de privilegios?

Miembro del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Sergio Sánchez fue excluido de éste por haberse negado a apoyar a un candidato para el puesto de gobernador designado de improviso aunque pesaran sobre él importantes sospechas de corrupción. El tema de la “guerra económica” le evoca una imagen: “Venezuela, dopada con la renta petrolera, subió al ring para asestar ganchos a la burguesía y al imperio. Hoy en día han desaparecido los anabolizantes: el Gobierno está contra las cuerdas. De repente, cree que no es normal que sus adversarios continúen con el combate”. El militante Gonzalo Gómez, que sigue considerándose chavista “pero contrario al Gobierno”, lo formula de otra manera: “No se hace la revolución esperando que el capitalismo no reaccione”. “Además –continúa–, hay que distinguir dos actitudes: la que consiste en crear las condiciones de la crisis y la que consiste en aprovecharse de ésta. Muy a menudo, los patronos se contentan con sacar provecho de las disfunciones de la economía”.

Para una parte de la izquierda, el caos actual se explicaría con la omnipotencia de un adversario capaz de producir el descarrilamiento de la economía diecisiete años después de su derrota. Para otra parte, resultaría de la traición de dirigentes cínicos que se habrían derechizado. Pero también se puede considerar que los procesos de transformación social son contradictorios: sus logros –considerables en el caso venezolano (5)– a veces generan dificultades que, a falta de respuestas, pueden convertirse en amenazas. Por lo tanto, la caída no se sitúa en el inicio, sino en la incapacidad para corregir las consecuencias nefastas de sus decisiones. Se trata de la lección de la “teoría de las catástrofes” que Chávez exponía a su audiencia un 2 de febrero de 1999: “Según esta teoría, las catástrofes ocurren de manera progresiva, cuando sucede alguna pequeña perturbación en un entorno,  en un sistema determinado y no hay capacidad para regular esa pequeña perturbación; una pequeña perturbación que pudiera regularse a través de una pequeña acción. Pero cuando no hay capacidad o no hay voluntad para regular una pequeña perturbación, más adelante viene otra pequeña perturbación que tampoco fue regulada, y se van acumulando pequeñas perturbaciones, una sobre la otra y una sobre la otra; y el sistema y el contorno va perdiendo la capacidad para regularlas, hasta que llega la catástrofe”.

 


Un desastre cuya explicación obliga a sumergirse en la historia del país.

 


Cuando Chávez llegó al poder, el precio del barril de petróleo alcanzaba unos mínimos históricos, cerca de los 10 dólares: un desastre cuya explicación obliga a sumergirse en la historia del país. A principios del siglo XX, la nación caribeña figuraba entre los primeros productores de café y de cacao. Y entonces descubrió inmensas reservas de oro negro... Sólo en diez años, de 1920 a 1930, el sector petrolero pasó del 2,5% del Producto Interior Bruto (PIB) a cerca del 40% y la agricultura disminuyó del 39% al 12,2% (6). Cuando la crisis de los años 1930 provocó la caída del precio del café, la mayoría de los países de la región devaluaron su moneda para mantener la competitividad de sus exportaciones e iniciar un proceso de industrialización basado en la producción local de bienes que antes se importaban (“sustitución de las importaciones”). Venezuela procedió al revés: ya que disponía de importantes cantidades de divisas gracias a la renta petrolera, cedió a la presión del lobby comercial, el cual organizaba la importación de todo lo que el país consumía.

¿Cuál era el razonamiento de estos tenderos en terno? Cuanto más fuerte fuera la moneda local, más podrían consumir los venezolanos y ellos, enriquecerse. Entre 1929 y 1938, en plena crisis internacional, Caracas aumentó un 64% el valor del bolívar. La operación cerró las puertas del comercio internacional al sector agrícola. De la misma manera, le privó de acceso a los comercios nacionales, inundados de productos baratos. A pesar de que desde entonces se prometía de forma recurrente salir del modelo rentista, el desequilibrio económico aumentaba poco a poco y cuando Chávez tomó las riendas del país, el 85,8% del valor de las exportaciones provenía del petróleo (7).

Con el precio del Brent bajo mínimos en 1999, la economía venezolana se asemejaba a un avión de fuselaje ancho con un motor de motocicleta: le costaba mucho trabajo avanzar. El nuevo Presidente otorgó prioridad a la diversificación de la economía, pero estimó que necesitaría tiempo. Ahora bien, la paciencia no es una característica de una población agitada cuyas esperanzas se vieron estimuladas por la campaña electoral. La solución pasó por la reactivación de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), en la cual todos sus países miembros habían dejado de respetar las cuotas. La operación se vio recompensada: las cotizaciones volvieron a aumentar. Pero conllevó una primera perturbación: la urgencia por liberarse de las angustias de la escasez se atenuó ante la tentación de disfrutar de la abundancia.

“Los primeros años fueron muy difíciles –recuerda Víctor Álvarez, ex ministro de Industrias Básicas y Minería (2005-2006)–. La prensa presentaba a Chávez como un payaso. Y la oposición no eligió el camino de la oposición democrática”. En 2002 organizó un golpe de Estado (que fracasó) con la ayuda de los grandes medios de comunicación y de Washington. Peor aún, continúa Álvarez, “el 10 de diciembre de 2002, el mismo día en el que íbamos a iniciar un programa que tenía como objetivo reforzar la industria nacional reorientando hacia ésta los contratos públicos, ¡los patronos organizaron un lock-out!”. La huelga del sector privado y de los altos dirigentes del sector petrolero (nacionalizado) duró dos meses y amputó al PIB cerca del 10% (8). “Nuestro proyecto se guardó en un cajón del cual nunca volvió a salir”.

 


El Gobierno bolivariano disponía de recursos que le permitieron poner en marcha los programas sociales que consolidaron su popularidad en los entornos modestos.

 


Los precios del petróleo continuaron aumentando hasta alcanzar unos treinta dólares el barril en 2003. El Gobierno bolivariano disponía de recursos que le permitieron poner en marcha los programas sociales que consolidaron su popularidad en los entornos modestos. La oligarquía venezolana, incapaz de expulsar a Chávez del poder, decidió sacar del país su peculio. La fuga de capitales alcanzó sumas alarmantes: más de 28.000 millones de dólares entre 1999 y 2002, es decir, cerca del 30% del conjunto de la riqueza producida en 2002 (9). A estos niveles ya no se habla de una pequeña extracción, sino de una sangría.

Mientras las reservas de divisas se hundían, el poder bolivariano adoptó la única medida adaptada: en febrero de 2003 introdujo un control de los tipos de cambio y estableció la paridad entre la moneda nacional y el dólar (el control precedente de los tipos de cambio había sido interrumpido en 1996). A partir de ese momento, el Estado se reservó la capacidad para otorgar o no los dólares que le pedía esta o aquella empresa para importar. “Chávez descubrió que disponía de un poder extraordinario –comenta Álvarez–. La renta petrolera no sólo permitía satisfacer las necesidades de la población, sino que también ofrecía la posibilidad de castigar a aquellos que habían conspirado en contra del poder denegándoles las divisas”. Muchas empresas, privadas de dólares, cerraron, a menos que su patrono se retractara. “Porque la renta petrolera garantizaba por fin la lealtad de los empresarios oportunistas”. Esta especie no era poco común.

“La política del bolívar fuerte constituyó una subvención para el conjunto de la economía –considera el sociólogo Edgardo Lander–. La renta petrolera financiaba el consumo, coches de lujo y billetes de avión incluidos”. Entre 2004 y 2008, Venezuela conoció un periodo de abundancia. El PIB por habitante rozó su nivel de 1977, el apogeo de un periodo conocido como el “¡Dame dos!”. Esta renta, considerada antaño como una trampa de la cual había que emanciparse, recuperó su papel tradicional de piedra angular del modelo económico venezolano. Una nueva perturbación, sin ninguna corrección...

El control de los tipos de cambio no volvió a desaparecer. Concebido como una medida temporal para luchar contra la fuga de capitales, “se convirtió en el principal motor –explica Temir Porras, ex jefe de gabinete de Maduro–. Venezuela, un país que depende extremadamente de las importaciones, muestra una inflación estructural de entre un 15% y un 20%. Pero el dólar no. Establecer una paridad con la divisa estadounidense implica, pues, sobreevalorar su moneda. No hay una receta mejor para destruir la producción nacional. No sólo se vuelve más caro producir de forma local que importar, sino que, además, el país descubre un negocio particularmente jugoso: la importación sobrefacturada, que permite hacerse con dólares”.

 


El sector de la importación, lucrativo, atrajo a mucha gente: a aquellos a los que pronto se les denominó “boliburgueses” y a los que el poder presentaba como “patronos socialistas”, pero también a militares, a altos funcionarios y a maleantes.

 


La operación es sencilla. Imaginemos que un importador dispone de una red que le permite comprar botellas de agua por 10 céntimos de dólar la unidad. Obtiene dólares del Estado para comprar un millón y declara que paga 20 céntimos por cada unidad a través de una empresa que habrá creado previamente fuera del país. El resultado: el empresario dispone de 100.000 dólares que puede introducir en el mercado negro local o sacar del país. “La treta a veces se realizaba incluso antes de distribuir el producto –continúa Porras–. De manera que algunos importadores abandonaban los productos en los hangares, vendiendo sólo lo necesario para comprar de nuevo dólares”. Entre 2002 y 2012, el valor de las importaciones se quintuplicó, pasando de alrededor de 10.000 millones de dólares a 50.000 millones, un aumento mucho más rápido que el de su volumen. El sector de la importación, lucrativo, atrajo a mucha gente: a aquellos a los que pronto se les denominó “boliburgueses” y a los que el poder presentaba como “patronos socialistas”, pero también a militares, a altos funcionarios y a maleantes.

En aquella época, la reducción de la pobreza –uno de los mayores éxitos de la “revolución bolivariana”– permitía que la población consumiera más. En un contexto en el que el poder cuestionaba poco al sector privado su control en las importaciones, el maná petrolero que vertía sobre la población para “saldar la deuda social” abundaba en los bolsillos de los empresarios. De manera que, a pesar de sus logros sociales y geopolíticos, Venezuela recuperó poco a poco su función principal en la división internacional del trabajo: la de exportador no sólo de petróleo, sino también de divisas. Según los cálculos del trimestral Macromet, la fuga de capitales (incluyendo la sobrefacturación en las importaciones) habría alcanzado los 170.000 millones de dólares entre 2004 y 2012 (10), es decir, prácticamente el 160% del PIB del año 2004. Una cifra impactante.

Cuando la crisis financiera internacional orientó a la baja la cotización del petróleo en 2008, la renta petrolera no era suficiente para pagar la factura de las importaciones. El país tuvo que endeudarse. Intentó limitar sus gastos, entre otras cosas, introduciendo un doble tipo de cambio: el primero, preferencial, para las importaciones consideradas estratégicas; otro, más elevado, para el resto. No era una mala idea, pero su puesta en marcha habría ganado si le hubiera precedido un análisis de las “perturbaciones” que había generado en el pasado, puesto que se habían instaurado dispositivos similares en los años 1980 y, más tarde, en 1990, con la misma consecuencia en ambas ocasiones: el auge de la corrupción. Que cada cual saque sus propias conclusiones. En 2016, Venezuela muestra un tipo de cambio preferencial, de 10 bolívares por dólar, y otro de 657. Así pues, acceder (de forma legal o no) al maná del dólar preferencial para alimentar el mercado corriente asegura una estratosférica tasa de beneficio del 6.500%. Si se revenden los dólares en el mercado paralelo, la tasa de beneficio roza el... 18.000%. La vocación de ladrón se despierta con cifras mucho menos elevadas.

Ahora bien, Venezuela mantiene una relación particular con la corrupción. Allí, la acumulación capitalista no se basa en la producción de riqueza, sino en la capacidad para recolectar los recursos administrados por el Estado. Redistribución, clientelismo, nepotismo, favoritismo, devolución de favores o simple ilegalidad, las fronteras entre las formas para captar petrodólares resultan tanto más tenues cuanto que muchos las cruzan varias veces al día.

“En 2012, Chávez se concienció finalmente del problema económico, sobre todo del que estaba ligado al tipo de cambio –nos cuenta Porras, que trabajó para explicarle esta cuestión–. Conseguimos convencerle para que actuara. Y... cayó enfermo”. La inestabilidad política provocó un despegue repentino del dólar y de la inflación; la cotización del petróleo, por su parte, comenzó a disminuir de nuevo a finales de 2014. El país volvió a descubrir las penurias, ligadas a la atrofia de una producción local asfixiada por la sobrevaloración del bolívar y a la caída de las importaciones, estranguladas por la falta de divisas. “Ahora bien –observa Álvarez–, la escasez ofrece el caldo de cultivo ideal para la especulación y para el mercado negro”.

“El edificio, que se tambaleaba, seguía en pie gracias a dos piedras angulares –resume Lander–: Chávez y la renta petrolera”. Tras el anuncio oficial del fallecimiento del primero, se constató la muerte clínica de la segunda. El modelo socioeconómico chavista se desmoronaba tanto más rápido cuanto que ya nadie, ni siquiera el nuevo presidente Maduro, se encuentra en condiciones para realizar el más mínimo cambio de perspectiva: la cohesión precaria del campo chavista ya sólo se basa en la resolución común de defender la herencia del comandante, el mejor medio para preservar los equilibrios internos –y las prebendas–. Urgía cambiar de estrategia; todo el mundo se esforzó por mantener el rumbo. Incluso llegando a poner en peligro algunas conquistas del periodo glorioso del chavismo.

 


¿De la renta petrolera a la renta minera? Se han visto diversificaciones más abigarradas.

 


La urgencia de “diversificar” la economía se ve encarnada en la actualidad en proyectos como el “arco minero del Orinoco”: una zona de 111.800 kilómetros cuadrados (cerca de cuatro veces la superficie de Bélgica) donde el Estado acaba de autorizar a diversas multinacionales la extracción de oro, coltán, diamantes, hierro, etc., beneficiándose de exenciones fiscales y de derogaciones de la legislación laboral. ¿De la renta petrolera a la renta minera? Se han visto diversificaciones más abigarradas.

A pesar de la recurrentes denuncias de los estragos causados por la oligarquía importadora, el poder mantiene la calma. Sin embargo, no le falta creatividad para idear reparaciones tácticas “que acaban echando más leña al fuego de la especulación”, tal y como nos lo explica Álvarez. En 2011, el Gobierno aprobó una ley orgánica de “precios justos” para intentar imponer un límite en los precios de los productos básicos. “Pero muy a menudo eran inferiores a los costes de producción, tanto que la gente dejó de producir”. Por otra parte, Caracas subvenciona algunas importaciones que pone a disposición de comunidades organizadas a través de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción (CLAP). El pasado 11 de noviembre, en el barrio de La Pastora –en Caracas–, uno podía procurarse así una gran cesta de alimentos (cuatro kilos de harina de maíz, dos kilos de arroz, dos paquetes de pasta, dos tarros de mantequilla, un litro de aceite, un sobre de leche en polvo y un kilo de azúcar) por 2.660 bolívares. Un precio tan bajo ofrece la perspectiva de importantes ganancias en el mercado negro... donde acaba, pues, una parte de los productos.

En el plano económico, la caída del poder adquisitivo es tal que el reajuste estructural ya ha tenido lugar de alguna forma. Éste, que ha pasado a ser más aceptable por la retórica de la “guerra económica”, afecta en particular a aquellas personas que se conciben como miembros de la clase media: no se benefician de programas sociales ni tienen tiempo para pasar horas haciendo cola delante de los supermercados. Por lo tanto, se encuentran sumergidas en las “gélidas aguas” del mercado negro, lo que acaba agudizando su cólera contra los que son más pobres que ellos: aquellos que se aprovecharían del sistema, con los cuales el Estado se mostraría “demasiado generoso”...

¿Y qué pasa con el quid del otro gran logro chavista, la profundización de la democracia? Andrés Antillano, militante del movimiento social “desde siempre”, considera que ésta “no era sólo un estandarte para Chávez. Siempre ha sido un medio para movilizar, para politizar a la población”. “Nunca había creído realmente en las virtudes de las elecciones –confiesa–. Pero aquí se habían convertido en una herramienta subversiva, una fuerza revolucionaria”. ¿“Habían”?

En 2016, la oposición ha conseguido superar sus (innumerables) divisiones para pedir la organización de un referéndum revocatorio, permitido por la Constitución de 1999. Aunque es culpable de numerosos fraudes, ha logrado reunir el suficiente número de firmas válidas para iniciar el proceso y el Consejo Nacional Electoral (CNE) le ha dado luz verde. Pero desde entonces, el Gobierno y el poder judicial –el cual no se caracteriza por ser propenso a oponerse al Ejecutivo– ponen muchos obstáculos que a veces rozan el ridículo. Una amenaza apenas disimulada: el 4 de mayo de 2016, Diosdado Cabello, una de las principales figuras del chavismo, consideraba que “los funcionarios responsables de instituciones públicas que se pronuncien a favor del referéndum revocatorio no deberían conservar su puesto”. Al proceder de esta manera, “Maduro no sólo priva a la oposición de referéndum –observa Antillano–. A la izquierda nos quita uno de los instrumentos clave del chavismo: la democracia”.

 


Privatizaciones masivas, retroceso del Estado, austeridad violenta: allí, nadie se hace ilusiones con el programa de los partidos de la oposición. Además, son pocos aquellos que quieren verlos llegar al poder.

 


“El referéndum es el combate de la derecha, no el mío”, replica Atenea Jiménez Lemon, de la Red Nacional de Comuneros y Comuneras, una poderosa organización que aglutina a quinientas comunas de todo el país. Estas estructuras que se entrelazan en el territorio nacional (sobre todo en el campo) constituyeron la punta de lanza del “nuevo Estado socialista”, basado en la participación, que imaginaba Chávez. “Sé que, en muchos aspectos, el Gobierno puede describirse como contrarrevolucionario. Pero para mí, la izquierda crítica que llama al referéndum le sigue el juego a la derecha. Porque si la oposición gana, ¿qué vamos a hacer? ¿Acaso se da cuenta la gente de lo que nos tienen preparado?”.

Privatizaciones masivas, retroceso del Estado, austeridad violenta: allí, nadie se hace ilusiones con el programa de los partidos de la oposición. Además, son pocos aquellos que quieren verlos llegar al poder. A pesar de los esfuerzos de algunos de sus representantes por incluir en sus discursos un tono social, el principal objetivo de la derecha consiste en “poner de rodillas al pueblo para darnos una buena lección”, analiza Flores. Una especie de contrarrevolución en la contrarrevolución.

“No todo está escrito –considera Jiménez Lemon–. Las comunas ofrecen un medio para profundizar en la democracia, para “desburocratizar” el Estado y para desarrollar la producción”. ¿Alegato pro domo sua? No. En la izquierda, casi nadie se imagina ninguna salida positiva de la crisis actual sin un refuerzo de este dispositivo, creado por Chávez al final de su vida. Sólo que el ex presidente “era como un revolucionario en el seno de su propio Gobierno –explica el ex ministro Oly Millán Campos–. Podía tomar decisiones que iban en contra de los intereses del aparato estatal. Sin él, las comunas chocan con la resistencia de los altos funcionarios: ¿por qué reforzarían ellos estructuras ideadas con vistas a debilitarles y, a continuación, a remplazarles?

En 2004, Chávez decidió organizar el referéndum revocatorio que exigía la oposición a pesar de la existencia de fraudes demostrados. ¿Proceder de esta manera hoy en día impondría al chavismo una cura de oposición? No necesariamente. Una derrota durante un referéndum organizado en 2016 habría conducido a nuevas elecciones. En otras palabras, habría podido ofrecer a la izquierda venezolana aquello que, según parece, más necesita: un periodo de autocrítica que permita salir de los razonamientos tácticos para pensar de nuevo en términos estratégicos. Puede que este periodo hubiera permitido que el chavismo crítico hiciera oír su voz.

Pero aún sería necesario que el poder aceptara escuchar. A finales del año 2015, la organización chavista Marea Socialista quiso proceder a su inscripción en el registro de los partidos políticos del país. El Consejo Nacional Electoral (CNE) denegó esta solicitud, ya que consideró, seriamente, que el nombre de la formación “no parecía” de un partido político. Por su parte, un procurador juzgó que no podía considerarse socialista... porque criticaba al Gobierno. “En la actualidad, el Gobierno discute con la oposición, con el Vaticano y con la Embajada estadounidense, pero con nosotros, la izquierda crítica, se niega a dialogar”, considera un militante de Marea Socialista.

 


Esta guerra interna le encanta a la derecha, que desea destruir la esperanza que Chávez hizo florecer. También agrada mucho a los nuevos oligarcas con camisa roja, quienes sueñan con transformar la lucha de clases que les llevó al poder en una vulgar lucha de bandos.

 


Así pues, la batalla causa estragos entre las filas del chavismo, en un estruendo tanto más estéril cuando que ya no existe ninguna discusión estructurada. Por una parte, los partidarios del poder son cada vez más discretos. Por la otra, una corriente anclada en la población critica a los dirigentes actuales, pero considera que la lucha no puede tener lugar al margen del PSUV, salvo que sea para devolver las llaves del poder a la derecha. Por último, una última corriente, desprovista de una base social auténtica, agrupa a numerosos ex ministros, muy activos en las redes sociales. Al igual que Gómez, consideran que la actual burocracia “constituye una nueva burguesía, tan rapaz como la precedente y que actualmente compite con ella”.

Esta guerra interna le encanta a la derecha, que desea destruir la esperanza que Chávez hizo florecer. También agrada mucho a los nuevos oligarcas con camisa roja, quienes sueñan con transformar la lucha de clases que les llevó al poder en una vulgar lucha de bandos. Si estos salen vencedores, las innumerables perturbaciones a las que el chavismo no supo responder ciertamente producirían la catástrofe.

(1) En torno a 38 euros sobre la base del tipo de cambio oficial. Cerca de tres veces menos en una economía cuyos precios siguen la evolución del dólar paralelo.

(2) Elizabeth Nunez, “Chavez touts health care ahead of vote”, The Washington Post, 24 de noviembre de 2006.

(3) N. de la R.: En la primera semana de diciembre de 2016 se ha situado en torno a los 54 dólares por barril de Brent.

(4) https://dolartoday.com

(5) Véase “Lo que Chávez ha recordado a la izquierda”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2013.

(6) Cifras extraídas de Steve Ellner (bajo la dir. de), Latin America’s Radical Left. Challenges and Complexities of Political Power in the Twenty-First Century, Rowman & Littlefield, Lanham, 2014.

(7) Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPALC), 2008.

(8) Véase Maurice Lemoine, “La batalla del referéndum”, Le Monde diplomatique en español, abril de 2004.

(9) Daniela García, “Fuga de capitales: Sello revolucionario”, La Verdad, Maracaibo, 1 de julio de 2013.

(10) Miguel Ángel Santos, “Venezuela: de la represión financiera a la posibilidad de default”, Macromet, vol. 1, n° 3, Caracas, noviembre de 2014.