Sabra y Chatila, recuerdo de una masacre


En los territorios de Cisjordania y de Gaza, el ejército israelí prosigue su política de ocupación, de bloqueo de las ciudades, de destrucción de las instituciones civiles, de persecución a los militantes y de asesinatos selectivos. Por primera vez, ha reconocido que utilizaba "escudos humanos" en sus operaciones, un crimen de guerra según las convenciones internacionales. De este modo se perpetua un largo calvario. La masacre de Sabra y Chatila perpetrada hace treinta años, en septiembre de 1982, que supuso el asesinato de cientos de civiles en los campos de refugiados del Líbano por parte de las milicias libanesas de derecha, bajo la mirada cómplice de los soldados israelíes, es percibida por los palestinos como una etapa suplementaria en una historia marcada por las masacres y las exacciones, desde Deir Yassin hasta la operación Muro Defensivo, pasando por Qibya. Para ellos, el pasado sigue siendo igual al presente. Recuperamos la investigación de Pierre Péan, que publicamos hace diez años.  

 


por Pierre Péan, número 83, septiembre de 2002


 

Veinte años después, las palabras de los libros reabiertos (1) y los testimonios de los supervivientes en lo que queda de los campos de refugiados de Sabra y Chatila rezuman sangre. El tiempo no ha lavado nada. Durante todo el periodo que ha durado mi investigación, me he sentido como si hubiera cogido el tétanos a causa de esos relatos que arrastran, enmarañados, niños degollados o empalados, vientres de mujeres destripados con los fetos en su interior, cabezas y miembros cortados con hachas, montones de cadáveres... hasta la náusea.

No entré en lo que queda de los campos de Sabra y Chatila por la puerta prin­cipal sino por un barrio insalubre, en la periferia, en el que viven los recién llegados, sobre todo de Asia. Fui a parar a la “calle principal” que iba del hospital Gaza —actualmente desaparecido— a la entrada principal situada cerca de la embajada de Kuwait, de un lujo tan incongruente como el de la nueva ciudad deportiva, muy próxima, donde reunieron e interrogaron a los adultos palestinos y libaneses que sobrevivieron a la matanza. La gente se desliza por la calle entre los comercios, los tenderetes de los vendedores de frutas, de cd, de productos nuevos y usados, entre los coches y las motos...

¿Cómo escoger entre todos los testigos directos o indirectos de las matanzas que, sin alzar la voz, reviven para mí las escenas de horror de mediados de septiembre de 1982?

Um Chawki, una mujer de 52 años, perdió a diecisiete personas de su familia, entre ellas a un hijo de 12 años y a su marido. Vivía en el barrio de Bir Hassán, cerca de la embajada de Kuwait. Después de las matanzas, se instaló, con sus otros doce hijos, en la calle principal de Chatila. Ahora vive en el cuarto piso de un edificio construido siguiendo unas reglas de arquitectura aproximadas. El interior está limpio; hay ramilletes de flores artificiales que hacen juego con los colores de los sillones y reproducciones pegadas o colgadas en la pared —Al Qods, la mezquita de Jerusalén, y la bandera de Hamas. Aunque ella no pertenece a esta organización: “No soy de ningún partido. No me comprometeré con nadie hasta que esté segura del resultado”. ¿Y sus hijos? “No quiero que se sacrifiquen por nada, pero el día en que esté segura de poder llevar a cabo mi venganza, les animaré a hacerlo y yo estaré a su lado...”

Todos los días y todas las noches revive las imágenes de los cadáveres, de personas mutiladas, de su hijo y de su marido que nunca volvió a ver y de los que no sabe nada. Los colores del salón no consiguen atenuar el negro de su vestido, de sus cabellos y de sus ojos. Um Chawki no sonríe y se enardece sin levantar la voz cuando revive la segunda tragedia de su familia (la primera fue cuando tuvieron que irse, en 1948, de Tarshiba, un pueblo cerca de Haifa).

—Llamaron a la puerta de casa. Alguien dijo: “Somos libaneses, venimos a hacer un registro para ver si hay armas...” Mi marido abrió la puerta; no estaba especialmente inquieto porque no pertenecía a ninguna organización política. Trabajaba en el club de golf, cerca del aeropuerto. 

La señora Chawki habla luego de los tres soldados israelíes y de un militar de las fuerzas libanesas, las milicias cristianas de derechas, que entraron en la casa, cogieron los brazaletes de su hija y a ella le arrancaron los pendientes —nos muestra el lóbulo desgarrado de una de sus orejas— y les pegaron.

Está segura de que aquellos soldados venían de Israel.

—Sus uniformes eran diferentes de los de las fuerzas libanesas y no hablaban árabe. No sé si era hebreo, pero estoy segura de que eran israelíes.

Es posible, porque el barrio de Bir Hassán, fuera del perímetro de los campos de refugiados, estaba ocupado por el ejército israelí. Al igual que otras familias palestinas, la de Um Chawki fue llevada al interior de los campos.

—Nos hicieron subir a una camioneta, que se dirigió a la entrada del campo de refugiados de Chatila. Los militares separaron a los hombres de las mujeres y los niños. El libanés cogió los documentos de tres de mis primos antes de matarles delante de nosotros. A mi marido, mi hijo y sus primos se los llevaron los israelíes. 

Las mujeres y los niños se fueron a pie hacia la ciudad deportiva. A los lados de la carretera había mujeres que gritaban y lloraban, mientras contaban que habían matado a todos los hombres... Al atardecer, en medio del desorden, la señora Chawki huyó con sus hijos hacia el barrio del cuartel El Helu. En la madrugada, dejó a sus hijos en una escuela antes de volver a pie a la ciudad deportiva para intentar saber qué había sido de su marido y de su hijo. Oyó órdenes en árabe instando a los hombres a que se hicieran sellar sus carnets de identidad. Vio un camión israelí lleno de adultos y de jóvenes. Una mujer que estaba llorando porque había perdido a toda su familia, le mostró el lugar donde echaban los cadáveres. Las dos mujeres se dirigieron entonces al barrio de Orsal, pasando por encima de cuerpos de libaneses, sirios y palestinos. La señora Chawki dijo que vio a centenares. Efectivamente, en el barrio de Orsal fue donde hubo más víctimas.

—Estaban irreconocibles. Tenían la cara deformada, estaban hinchados... Vi 28 cadáveres de una misma familia libanesa, dos de los cuales eran de dos mujeres con el vientre destripado... Intenté  localizar las ropas de mi hijo y de mi marido. Busqué durante todo el día. Volví al día siguiente... No reconocí a ningún cadáver de la gente de Bir Hassán.

La señora Chawki vio cómo unos soldados libaneses cavaban fosas para enterrar los cadáveres... Nunca encontró a su marido y a su hijo. Le resulta más difícil hablar de su hija, que fue violada...

—Pienso en ello día y noche. He criado sola a mis hijos... Me vi obligada a mendigar. No lo olvidaré nunca. Quiero vengar todo lo ocurrido. Mi corazón es como el color de mi vestido. Contaré lo que vi a mis hijos y a mis nietos...

Después de haber recorrido un increíble laberinto de pequeñísimas callejuelas, donde colgaban cables eléctricos por todas partes y corrían por el suelo el agua de las canalizaciones, finalmente llegué a un local con tres o cuatro oficinas. En una de ellas, totalmente al fondo, Siham Balkis, presidenta de la Asociación del Retorno, está sentada, erguida, detrás de una pequeña mesa. En la habitación también están sentados un responsable palestino y otros dos supervivientes.

La señora Balkis, una mujer de unos cuarenta años, es una militante resuelta y comprometida. Su familia es originaria de Kabé, en la provincia de Akka, en Israel. Empieza su relato con voz monocorde.

—La matanza empezó el jueves por la tarde, hacia las cinco y media. No podíamos creer lo que estaba ocurriendo... Permanecimos encerrados en casa hasta el sábado por la mañana y no nos enteramos de gran cosa, sólo de que, el jueves y el viernes, un pequeño grupo de palestinos y libaneses intentaron defenderse, pero no eran lo bastante numerosos y no disponían de suficiente munición. Por la noche vimos cohetes para iluminar y oímos disparos. Creíamos que los israelíes sólo querían coger a los combatientes y encontrar armas... Cuando volvió la calma, el sábado por la mañana, salimos al balcón y vimos a un grupo de las Fuerzas Libanesas (fl), acompañado de un oficial israelí. Los libaneses nos dijeron a gritos que saliéramos de la casa. Así lo hicimos, mientras nos insultaban. El israelí tenía un walkie-talkie. Uno de los libaneses se lo cogió y dijo: “Hemos llegado al final de la zona-objetivo.” 

Está segura de que era un israelí porque, según dice, llevaba un badge en hebreo y no tenía cara de árabe. Con los libaneses hablaba en francés. 

La señora Siham y otras personas fueron llevadas al hospital Gaza. Sus acompañantes reunieron a los médicos extranjeros y a la gente que se había refugiado en el interior y en los alrededores del hospital.

—Mataron a una decena de militantes. Advirtieron que un joven palestino se había puesto una bata blanca y que estaba entre los médicos y los enfermeros, y le mataron. Cuando hubieron reunido a todo el mundo —centenares de personas—, nos fuimos hacia la embajada de Kuwait. Había muchos cadáveres en las calles. Muchachas con las muñecas atadas. Viviendas destruidas. Tanques, probablemente israelíes. Antes de llegar a la ciudad deportiva, separaron a los hombres. Unos militares pidieron a los jóvenes que treparan. Si lo hacían bien, consideraban que eran combatientes y los militares de las fuerzas libanesas les mataban. A los otros les daban patadas...

—Vi a Saad Hadad (2) con otros hombres frente a la embajada de Kuwait. Luego, cuando estábamos cerca de la ciudad deportiva, vi a muchos soldados israelíes. Un coronel israelí dijo que las mujeres y los niños podían volver a sus casas. Más tarde, vi cómo mi hermano subía a un jeep mientras que otros subían a unos camiones. Corrí hacia él, pero fue en vano. Oí que un oficial les decía en árabe: “Vamos a entregaros a las fl. Ellos sabrán haceros hablar mejor que nosotros.”

Todos los testigos cuentan, a grandes rasgos, las mismas historias, los mismos horrores. Por ejemplo, Kemla Mhanna, una mujer libanesa que regentaba una tienda de comestibles en el barrio Orsal:

—Toda la gente de nuestro barrio que se quedó fue asesinada. La mayoría era libanesa. Cuando regresé, había un montón de cuerpos apilados. Al lado de mi casa, un palestino estaba colgado de un gancho de carnicero, abierto en canal como un cordero. Vi como en una gran fosa ponían una primera capa de cadáveres y luego echaban arena, y volvían a poner otra capa de cadáveres y así una y otra vez... También vi a otro libanés del barrio Orsal, Hamad Camas, uno de los pocos supervivientes de la matanza de este barrio. Estaba en un refugio cuando llegaron dos israelíes en un jeep y 7 u 8 soldados.  

—Estoy segura de que aquellos soldados eran israelíes porque llevaban uniformes israelíes y hablaban mal el árabe. Los soldados nos pidieron que saliéramos del refugio, mientras nos insultaban. Me ordenaron que dejara al niño que llevaba en los brazos y que me pusiera en la fila como los demás. Uno de ellos, que hablaba bien el árabe, registró a todo el mundo y cogió el dinero de uno de los hombres, y luego nos dispararon. Yo sólo estaba herida en la cabeza y en un muslo, bajo un montón de cadáveres. Hubo 23 muertos... Me escondí en un refugio durante toda la noche. Cuando llegó la madrugada, había un fuerte hedor a cadáver por todas partes.

No hay nada nuevo en estos testimonios. Todos se parecen a los que obtuvo, sola o acompañada de Jean Genet, Leila Shahid, delegada general de Palestina en Francia, unas de las primeras personas que visitó los campos de refugiados después de las matanzas. Todos concuerdan, más allá de detalles o faltas de memoria, con los de los miembros —ingleses, noruegos, suecos, finlandeses, alemanes, irlandeses y norteamericanos— del equipo médico del hospital Gaza y con los que consiguieron los numerosos periodistas después de las matanzas. 

Elias Khoury, escritor libanés y reconocido hombre de teatro (3), habla con pasión de la imposible lucha por mantener la memoria del pueblo palestino en general y por las matanzas de Sabra y Chatila en particular. 

 —La ley de la memoria no funciona entre los palestinos porque las matanzas continúan: Deir Yassín, Qibya (4), Sabra y Chatila y, hoy, Jenín. Les resulta imposible mirar el pasado porque el pasado sigue siendo el presente. Desde 1948 están sometidos a un mecanismo infernal... Los palestinos son víctimas de la instrumentalización de la shoah que lleva a cabo el Gobierno israelí. Las normas éticas se detienen en las fronteras de Israel. En este contexto, incluso la idea de la tragedia de Sabra y Chatila se vuelve marginal...

Al igual que en Líbano, esta cuestión es tabú: el primer acusado era Elie Hobeika (5), que fue ministro de Gobernación...

—Los criminales tomaron el poder después de la guerra, prosigue Elias Khoury. Además, los palestinos se convirtieron en el chivo expiatorio de la guerra en Líbano y, en este país, están regidos por unas leyes que no tienen nada que envidiar a las de Vichy respecto a los judíos. 

Incluso las cifras de los muertos y desaparecidos, después de veinte años, sigue siendo totalmente incierta. Según las estimaciones, varían de 500 a 5.000. Una historiadora, Bayan Hout, intenta llenar esta laguna desde hace veinte años. Esta libanesa, nacida en Jerusalén donde vivió hasta los 9 años, profesora de la Universidad de Beirut, ha realizado una ingente labor con las familias de las víctimas y de los desaparecidos, ha analizado centenares de cuestionarios, ha comparado las listas de las organizaciones humanitarias, de la Cruz Roja, ha intentado encontrar todos los cementerios... Pero ahora está segura de las cifras que ha obtenido: 906 muertos de 12 nacionalidades, la mitad de los cuales eran palestinos... y 484 desaparecidos, de los que 100 probablemente fueron secuestrados. Es decir, una cifra global de 1.490 víctimas identificadas.

Estas matanzas y desapariciones se inscriben en el contexto de la guerra iniciada por el Gobierno israe­lí el 6 de junio de 1982 para neutralizar a la Organización para la Liberación de Palestina (olp). La invasión de Líbano costó la vida a más de 12.000 civiles, hubo 30.000 heridos y dejó sin techo a 200.000 personas.

A mediados de junio, los israelíes iniciaron el sitio de Beirut y rodearon a los 15.000 combatientes de la olp y sus aliados libaneses y sirios. El presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, a mediados de julio envió a Philip Aviv —con su asistente Morris Draper— para que resolviera aquella crisis que podía afectar a Oriente Medio y amenazar los intereses norteamericanos. Enseguida resultó evidente que la solución de la crisis pasaba por la evacua­ción de los combatientes palestinos y de Yasser Arafat de Beirut. Este último pronto se convenció de que no había otra alternativa.

Las discusiones se complicaron porque los israelíes y los norteamericanos no querían negociar directamente con los palestinos (6). Elias Sarkis, el presidente cristiano de Líbano y su primer ministro suní, Chafiq Wazzan, actuaron como intermediarios, puesto que los is­­rae­líes querían proseguir su brutal presión militar y exigir a Arafat una rendición total y vergonzosa.

Arafat multiplicó las ofertas e intentó conseguir que se garantizara la seguridad de las familias palestinas que se quedaran en Líbano. Temía las exacciones de los soldados israelíes o de sus aliados falangistas. En opinión de Arafat, estas garantías sólo podían proceder de los norteamericanos o de las fuerzas internacionales.

Habib consiguió finalmente la promesa del primer ministro israelí de que sus soldados no entrarían en Beirut Oeste ni atacarían a los palestinos de los campos de refugiados; la promesa del futuro presidente libanés, Bechir Gemayel, de que los falangistas no llevarían a cabo ninguna acción; y la promesa del Pentágono de que los marines garantizarían estos acuerdos. Seguro de que éstos se cumplirían, el representante de Reagan se comprometió por escrito a garantizar la seguridad de los civiles. El primer ministro libanés recibió dos cartas en este sentido. Este compromiso norteamericano se halla en la cuarta cláusula del acuerdo sobre la marcha de la olp, publicado por Estados Unidos el 20 de agosto, es decir, la vigilia del embarque de los primeros combatientes palestinos (7).

Sin embargo, a Arafat le preocupaba cada vez más la suerte de los civiles palestinos. Habib (8) realizó una nueva gestión con Bechir Gemayel, quien renovó sus promesas. Insistió en el papel que debía desempeñar la fuerza multinacional compuesta por 800 franceses, 500 italianos y 800 norteamericanos. El primer contingente, francés, llegó el 21 de agosto y tuvo que garantizar la evacuación y la recogida de armas. Esta fuerza debía permanecer en el país unos treinta días, impedir cualquier escaramuza y proteger a las familias palestinas. Finalmente, Arafat aceptó irse de Beirut...

Pero nadie mantuvo su palabra, empezando por el Gobierno norteamericano. Caspar Weinberger, secretario de Defensa, ordenó a los marines que abandonaran Líbano, en el mismo momento en que las milicias cristianas tomaban posición, el 3 de septiembre, en el barrio Bir Hassán, cerca de los campos de refugiados de Sabra y Chatila. La marcha de los norteamericanos arrastró inmediatamente las de los franceses y los italianos. El 10 de septiembre, partió de Beirut el último soldado, a pesar de que Habib había basado su plan en una evacuación prevista entre el 21 y el 26 de septiembre.  

El 14 de septiembre asesinaron a Bechir Gemayel, el nuevo presidente libanés que habían llevado al poder los israelíes. Ariel Sharon utilizó este pretexto para invadir Beirut Oeste, para sitiar los campos de refugiados de Sabra y Chatila y exhor­tar a las milicias libanesas a limpiarlos.

Hasta aquel momento, se había realizado una única investigación oficial, la que llevó a cabo la comisión israelí dirigida por Itzhak Kahán, el presidente del Tribunal Supremo, que se hizo pública en febrero de 1983. En ella se acusaba a los falangistas y, en menor medida, a Ariel Sharon. El informe hablaba, en primer lugar, de un grave error de este último, que no “tomó ninguna medida para controlar e impedir las matanzas”. También se refería a la “perplejidad” que causaba la actitud de Sharon, que no advirtió a Begin de su decisión de hacer entrar a los falangistas en los campos. Por último, reconocía su “responsabilidad al no haber ordenado que se tomaran las medidas adecuadas para impedir posibles matanzas”. Sharon tenía una “responsabilidad personal” y “debía sacar sus propias conclusiones” al respecto.

Los periódicos israelíes publicaron, sobre todo en 1994, numerosos artículos confirmando y haciéndose eco de estas conclusiones. Así, por ejemplo, Amir Oren, a partir de documentos oficiales, afirmó el 1 de julio de 1994 en Davar que las matanzas formaban parte de un plan acordado por Ariel Sharon y Bechir Gemayel, que utilizaron los servicios secretos israelíes, dirigidos en aquel momento por Abraham Shalom, que recibió la orden de exterminar a todos los terroristas. Las milicias libanesas eran sólo unos agentes en la línea de mando que conducía, a través de los servicios, a las autoridades israelíes.

El programa Panorama, titulado “El acusado”, emitido por la bbc el 17 de junio de 2001, añadió mayor información sobre este asunto, en especial gracias al testimonio, difícilmente controvertible, de Morris Draper, el asistente de Habib. Como respuesta a la afirmación de Sharon de que no podía prever lo que ocurrió en los campos de refugiados, Draper se contentó con hacer un breve comentario: “Es totalmente absurdo.” Habló de su encuentro, en Tel Aviv, en el ministerio de Defensa, con Sharon y Amos Yaron, su jefe de Estado Mayor, el jueves, cuando los israelíes ya habían entrado en Beirut Oeste, a pesar de su promesa. Yaron justificó esta decisión por la voluntad de impedir que los falangistas se vengaran de los palestinos después del asesinato del presidente Bechir Gemayel. “Nuestro grupo de unas veinte personas permaneció en silencio. Fue un momento dramático.” Precisó que Estados Unidos había rechazado la propuesta israelí de desplegar a los falangistas en Beirut Oeste, “porque sabíamos que habría una matanza si esa gente entraba allí”, y añadió: “no hay ninguna duda de que Sharon es responsable (de las matanzas); esto es así, aunque haya otros israelíes que deban compartir esta responsabilidad.” 

El ex diplomático norteamericano no fue interrogado sobre la responsabilidad de su país, ni la de Italia y Francia, que retiraron a sus soldados después de la marcha de los marines...

Veinte años después, las familias de las víctimas y de los desaparecidos de los campos de refugiados de Sabra y Chatila tienen derecho a saber la verdad, para poder vivir finalmente su luto. Pero esta cuestión no afecta sólo a estas familias; todo el mundo tiene derecho a saber por qué, cómo y quién organizó y ejecutó unos actos tan salvajes.

 

 

Notas:

(1) Los principales libros sobre las matanzas de Sabra y Chatila consultados son: Rapport de la Comisión Kahane, Stock, 1983; Sabra et Chatila, enquête sur un massacre, de Amnon Kapeliouk, Le Seuil, 1982; Israel: de la terreur au massacre d´État, de Ilan Halevi, Papyrus, 1984; Genet à Chatila, Babel, Opération Boule de neige, de Simon Shiffer, J.C. Lattès, , Revue d´Études palestiennes, nº 6 y 8.

(2) El dirigente del ejército de Líbano Sur, que trabajaba con los israelíes.

(3) Véase en particular Les Portes du Soleil, publicado por Le Monde diplomatique y Actes Sud, en el que se relatan los cincuenta años del drama palestino. Su obra Les mémoires de Job tuvo un gran éxito en París.

(4) Deir Yassín es un pequeño pueblo situado a una decena de kilómetros de Jerusalén, donde fueron asesinados más de 100 vecinos en la primavera de 1948. En Qibyia, en Cisjordania, en octubre de 1953, con ocasión de una operación de represalia dirigida por Ariel Sharon, el ejército israelí hizo estallar cuarenta y cinco viviendas junto con sus habitantes. Sesenta y nueve personas, la mitad de las cuales eran mujeres y niños, murieron bajo los escombros.

(5) A Elie Hobeika se le considera el principal verdugo de Sabra y Chatila. Fue asesinado el 24 de enero de 2002 en Beirut cuando se disponía a testificar en Bruselas. Según Chebli Mallat, el abogado libanés de los demandantes, las revelaciones de Hobeika no eran peligrosas para Sharon, tan sólo el simple hecho de que fuera a Bruselas. Si se presentaba ante el Tribunal y era forzosamente inculpado, dejaría de plantearse la cuestión de la competencia de dicho Tribunal.

(6) Sin embargo, en Beirut, desde hacía años, existían contactos directos pero discretos entre dirigentes palestinos y la embajada norteamericana, así como con la cia. En 1979, por ejemplo, Arafat consiguió que se liberara a 13 rehenes norteamericanos en Teherán.

(7) En American Foreing Policy 1982: “… La Universidad Americana Libanesa (lau) alojará a los no combatientes palestinos abandonados en Beirut, incluyendo a las familias de los que se fueron, según establezcan las leyes y regulaciones libanesas. Los Gobiernos libanés y norteamericano proporcionarán adecuadas garantías de seguridad según sigue…Estados Unidos proporcionará sus garantías en función de las que recibieron los grupos libaneses con que ha estado en contacto”.

(9) Sobre la historia de las negociaciones llevadas a cabo por Habib, véase Cursed is the Peacemaker de John Boykin, con un prefacio de George Shultz, secretario de Estado en aquel momento, Applegate Press, Washington y The Multinational Force in Beirut 1982-1984, bajo la dirección de Anthony McDermott y Kjell Skjelsbaek, Florida International University, Miami.